La Imagen de la Virgen de la Soledad fue tallada para sustituir a otra que existía, por encargo del vecino de Marchena D. Gil Muñoz, a Gaspar del Águila en el año de 1.570, según consta en el Archivo de Protocolos de Sevilla.

Magnífica dolorosa de candelero tallada por el escultor Gaspar del Águila, según el documento que firmó el artista en 1570 con el vecino de Marchena Gil Muñoz, y que se encuentra en el Archivo de Protocolos de Sevilla, y que vendría a sustituir otra que existía. La obra fue finalizada en 1574, lo que la sitúa como una de las dolorosas de vestir más antiguas que procesionan en la Semana Santa andaluza (las mayorías de las dolorosas que conocemos son del s. XVII y del XVIII). Obra de inspiración manierista (al igual que la imagen del Santo Entierro, lo que confiere una soberbia unidad estilística a la cofradía), destaca por su composición hierática, con la mirada al frente y sus manos entrelazadas en actitud orante, algo muy común en las dolorosas de finales del s.XVI y principios del s.XVII, y que en muchas imágenes fue sustituido por otro juego de manos independientes, para adaptarlas a modas posteriores. Afortunadamente la Hermandad de la Soledad supo conservar la iconografía original de esta bella imagen. La policromía es de gran sencillez y elegancia, muy acorde con la majestuosidad de la talla. Posee ojos de cristal, pestañas naturales y siete lagrimas q recorren sus mejillas.

Otro de los elementos que confieren una personalidad propia a Nuestra Señora de la Soledad es la magnífica ráfaga de orfebrería que la rodea, compuesta a base de tarjas y haces de rayos biselados, realizados en plata por Palomino en 1864. Este tipo de ráfagas es muy común en imágenes de gloria, pero es una excepción en una dolorosa procesional como la nuestra.

La Virgen de la Soledad procesiona con saya y manto bordados en oro sobre terciopelo negro, obra de Patrocino López en torno a 1860. También posee otras sayas y mantos de menor riqueza artística, que se usan para vestirla a lo largo del año según marque el calendario litúrgico. Ha sido restaurada en varias ocasiones, siendo la más reciente la llevada a cabo magistralmente por las restauradoras María Ugarte Monasterio y Carmen Suárez Ávila en 1988.

 

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